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conversación

julio 24, 2006

Acabo de hablar con una amiga allí. Que alivio escuchar su voz, su sentido de humor y – dentro de todo – su normalidad. Ella lleva toda la semana resistiendo la depresión, trabajando 24 horas en el centro de asistencia. Ahora empieza a flaquear, es demasiado: si pausas por un momento te empiezas a dar cuenta de toda la situación y se te va la olla.

Otros apuntes de lo que decía:

Que la destrucción selectiva de ciertas partes de la ciudad está cambiando relaciones: los que viven en las zonas menos afectadas (también, en general, zonas más pudientes) se sienten más o menos seguros, más o menos capaces de mover, actuar, decidir. Los que vivían en zonas ahora destrozadas – que hace una semana eran amigos y colegas normales – se convierten en ‘desplazados,’ víctimas. Todo un logro para quienes quisieran desestabilizar el país: crear diferencias, resaltar desigualdades, sembrar sospecha.

Que en los centros de socorro y atención el momento de espontaneidad y cooperación está dando paso al liderazgo, los debates políticos y la dominación por unos pocos hombres. Y claro, con toda la crisis nadie está despuesto a hablar de dínamicas. Algunas se alejan para empezar un proyecto de mujeres.

Que se está coordinando una mani simultanea en Beirut y Tel Aviv, con lemas y imagenes compartidos. Estas frágiles redes que tejemos…

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